Los Andes sonríen a nuestro paso y la acogida, virtud de este pueblo, extiende su mano para darnos posada tras el largo vuelo.
Son muchos los sentimientos que se nos agolpan a nuestro regreso a Ecuador. La añoranza de los amigos y familiares que quedaron más cerca que nunca, pero en la distancia; la alegría del reencuentro, los detalles de la acogida (la casa barrida, un poco de fruta y verdura en la refrigeradora, un cartel hecho con mucho cariño,...); los niños, los grupos de mujeres, nuestros enfermitos, ...cientos de pequeñas historias escritas con letras de amor y trabajo compartido.
No hubo tregua, pues llegamos el martes Santo y el miércoles de mañanita había Vía Crucis. De ahí, el jueves disfrutamos del amor de Dios y recordamos con gran alegría que los primeros son los últimos y que quien se humilla será ensalzado, y besamos los pies de los apóstoles representados por dos ancianos enfermos, una madre, tres jóvenes, cuatro niños,...pobres entre los pobres. El viernes miramos la Cruz y compartimos nuestras cruces y prometimos darnos la mano en esa carga diaria, para no tener que andar molestando al Cireneo y aprendimos a sonreír juntos, cada día, para hacer más liviana nuestra cruz. El sábado nos reunimos con catorce padres y padrinos que querían bautizar a sus niños, para en la noche, juntos, celebrar la vida sobre la muerte y reafirmar nuestra esperanza en vivir desde el amor.
Espacios de reencuentro, de oración y espiritualidad, de retomar ritmos y poner la vida en manos del Padre, de preguntarnos: "¿Señor, qué quieres de mí?", de morir a nuestros egoísmos y comodidades para renacer de nuestra nada.
Intentábamos recuperar el aliento cuando llegó el lunes y con él las clases de la escuela y la visita de otros misioneros españoles que viven en un suburbio de Guayaquil y son de Zaragoza. Con ellos compartimos experiencias y sobretodo el queso y el jamón que la familia puso en las maletas para alargar un poco los sabores de la tierra.
Este año nos desbordaron los niños, grupos muy numerosos, cinco de ellos pasaron de los treinta y nuestras aulas se nos quedaron pequeñas; al punto de tener que reubicar los talleres de la academia para acomodar a los niños en espacios amplios y cómodos; pero ¿cómo no darlo todo por ellos? Si la acogida en general fue buena, la de ellos fue preciosa; su espontaneidad, sus abrazos, el cariño hecho gestos, las sonrisas, las miradas tímidas que nos buscan en la distancia y te dicen: estoy aquí, gracias por volver.
Los montes lucen sus mejores gamas de verdes, indecisos entre dar paso al verano o alargar el corto invierno. Miramos el atardecer entre las palmeras, mientras la brisa de la costa nos acaricia el rostro y una vez más sentimos la grandeza infinita de Dios, sonreímos y sentimos lleno el corazón, ¡no nos equivocamos! Por ahora, este es nuestro lugar y desde aquí tendremos que caminar.
Sólo una palabra para todos los que nos acogisteis, visitasteis y compartisteis parte de vuestras vidas e inquietudes con nosotros: ¡GRACIAS! ¡Os queremos mucho! Esta misión, hoy, es tan vuestra como nuestra y una vez más sentimos esa doble responsabilidad de vivir a caballo entre dos mundos; el norte y el sur. Debemos ser puente y enlace, cauce y camino que acerquen personas y vidas, que nos hagan hermanos por encima de razas o naciones, compartiendo la fe en el amor de Dios.
Ana Cruz y Antonio García
(Misioneros de OCASHA-CCS en Playa Prieta - Ecuador)
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Boletín Nº125