Son múltiples y realmente desafiantes. Apunto aquí, los que me parecen de mayor importancia para el misionero que se atreve a salir.
1. Misión-anuncio como derecho de los Pueblos
Si la iglesia tiene la tarea y la obligación de evangelizar, de enviar heraldos del Evangelio a todo el mundo, si ella sólo "existe para evangelizar, y evangelizar constituye la dicha y vocación propia de la Iglesia, su identidad más profunda" (EN 14), dentro de la normal lógica que a todo deber corresponde un derecho, podemos afirmar que a los pueblos les corresponde el derecho a recibir de parte nuestra, el anuncio de Cristo "Camino, Verdad, y Vida". "Toda persona -declara enfáticamente Juan Pablo II- tiene el derecho a escuchar la Buena Nueva de Dios que se revela y se da en Cristo, para realizar en plenitud la propia vocación" (RMi 46). En la Redemptoris Missio, se repite al menos otras tres veces la misma idea (en los números 11, 40 y 44), retomada, por otra parte de la Evangelii Nuntiandi (1975) de Pablo VI. "Estas multitudes tienen derecho -escribía Pablo VI- a conocer la riqueza del misterio de Cristo" (cfr. Ef 3,8) (n.53). "La Iglesia tiene ante sí una inmensa muchedumbre humana que necesita del evangelio y tiene derecho al mismo" (EN 57).
Al final de su Evangelii Nuntiandi Pablo VI vuelve sobre la misma convicción, pero desde otra perspectiva: "los hombres podrán salvarse -escribe- por otros caminos, gracias a la misericordia de Dios, si nosotros no les anunciamos el Evangelio, pero ¿podremos nosotros salvarnos si por negligencia, miedo, vergüenza -lo que San Pablo llamaba avergonzarse del Evangelio- o por ideas falsas omitimos anunciarlo? porque eso significaría ser infieles a la llamada de Dios" (n. 80).
Esta convicción debe acompañar siempre al misionero y a la misionera, de tal modo que va considerando su labor con tono de humildad, viendo en los destinatarios de su apostolado, no sólo a hermanos que él o ella benefician, sino como auténticos "bienhechores" que le dan el gozo de poder anunciar y comunicar lo que da sentido a su vida. Lo indico con el ejemplo de los santos: ¡Cuánto debió San Juan Bosco a los niños de la calle de Turín!, les debía la alegría de su entrega, de su paternidad y ¡cuánto debía San Daniel Comboni a los africanos!, les debía su heroísmo y su morir en la brecha, ¡ya que Cristo es también negro!.
2. La posibilidad de la salvación en las otras religiones
La Iglesia y los misionólogos en ella, cuando se trata de acercarse al misterio de la salvación para los que profesan otras religiones, parten al menos de dos verdades fundamentales que dominan toda su complejidad. En primer lugar, la afirmación de la Primera Carta de San Pablo a Timoteo: "Dios quiere que todos los hombres se salven" (2,4). Se trata del dogma de la voluntad salvífica universal de Dios. Y si ésta es la voluntad de Dios, sin duda que Él da a todos sus hijos los medios necesarios y suficientes para su salvación, y se nos da en la situación histórica y cultural en donde cada uno se encuentra. En segundo lugar, a nadie Dios juzga por algo de que no es responsable, y no es "culpable" pues el haber nacido en una religión tradicional de África o Asia, así como no lo es el haber nacido en el Shintoísmo, en el Hinduismo o en el Budismo, como no es ningún "mérito", el haber nacido en una familia católica. Es por eso que ya no cabe hablar de infieles, término con que hasta hace pocos decenios se les designaba a todos los no-cristianos.
De la condena y del "anatema" de las tradiciones no cristianas, la Iglesia. y todo misionero en ella, han adoptado la disponibilidad al diálogo inter-religioso que (cfr, RMi 55-57) considera parte integrante de la "misión ad gentes". El diálogo no nace -por otra parte- de una táctica o de un interés, sino que es una actividad con motivaciones, exigencias y dignidad propias: es exigido por el profundo respeto hacia todo lo que en el hombre ha obrado el Espíritu "que sopla donde quiere" (Jn 3,8). Con ello la Iglesia trata de descubrir las "Semillas de la Palabra" (AG 11 y 15), el "desafío de aquella verdad que ilumina a todos los hombres" (NAe 2), semillas y desafío que se encuentran en las personas y en las tradiciones religiosas de la humanidad. El diálogo se funda en la esperanza y en la caridad y dan "fruto en el Espíritu" (RMi 56).
Como lo ha afirmado Juan Pablo II, Dios abrazaba con su amor a todos los Amerindios aún antes que llegara a América la gran noticia de Cristo, Hijo de Dios, muerto y resucitado por nuestra salvación, y entonces debían darse signos de este amor entre los Amerindios y en las culturas que ellos desarrollaron.
Esto comporta que el misionero se acerca hoy en día a los pueblos que pretende evangelizar con un enorme respeto, con actitud de búsqueda humilde y paciente de todos los valores "cristianos" presentes entre los destinatarios de su labor misionera. Pero a la vez debe estar animado de auténtica "parresía" o audacia evangélica para proclamar -allí donde el Espíritu haya hecho madurar los tiempos y los momentos (cfr. Hch 1,7)- sin titubeos, a Jesucristo. "El hecho de que los seguidores de otras religiones puedan recibir la gracia de Dios y ser salvados por Cristo independientemente de los medios ordinarios que Él ha establecido, no quita la llamada a la fe y al bautismo que Dios quiere para todos los pueblos" (RMi 55).
Por otra parte, como ya hacía notar Henri de Lubac en los tiempos del Concilio Vaticano II, el hecho de que Dios intervenga misericordiosamente en las manifestaciones religiosas no cristianas, no nos debe hacer pensar que su origen sea sobrenatural, es decir, debido a una intervención histórica de Dios, como son su Revelación y sus "mirabilia" o milagros. Y esto no implica en absoluto una actitud de menosprecio de todo lo "no-cristiano" sino que es expresión y consecuencia de ver en Jesús al mediador único entre Dios y los hombres, y su único Redentor En la primer Carta de Pablo a Timoteo se presenta una breve fórmula de fe cristiana afirmando: "hay un sólo Dios y también un sólo mediador entre Dios y los hombres, Cristo Jesús, hombre también. El que se entregó a sí mismo como rescate por todos" (2 Tim 4, 5-6).
Ser cristianos y ser misioneros de Cristo no significa entonces situarse en competencia o en contraste con las otras religiones, sino en "convergencia", ya que hacia Él y a partir de Él, "Verbo que ilumina a todo hombre que viene a este mundo" (Jn 1,9) convergen todos los esfuerzos humanos, sostenidos por la gracia de Dios que a todos quiere salvos, y orientados a dar un sentido a la vida humana y a buscar plenitud o salvación.
3. Prueba de fidelidad
La Redemptoris Missio ha introducido como parte de la "misión ad gentes" no sólo el diálogo inter- religioso sino también el trabajo por el desarrollo integral de los grupos humanos a los que los misioneros pretenden servir. A este respecto, no sólo tiene el tono de una verdadera inspiración poética, sino el de una auténtica mística franciscana, la siguiente página de la Novo Millennio Ineunte: "El siglo y el milenio que comienzan tendrán que ver todavía, y es deseable que lo vean de modo palpable, a qué grado de entrega puede llegar la caridad hacia los más pobres. Si verdaderamente hemos partido de la contemplación de Cristo, tenernos que saberlo descubrir sobre todo en el rostro de aquellos con los que Él mismo ha querido identificarse: "he tenido hambre y me habéis dado de comer, he tenido sed y me habéis dado de beber.. (Mt 25,35 36).
Esta página no es una simple invitación a la caridad: es una página de cristología, que ilumina el misterio de Cristo. Sobre esta página, la Iglesia comprueba su fidelidad como esposa de Cristo, no menos que sobre el ámbito de la ortodoxia." (NMI 49).
La consecuencia es muy clara, si el misionero pretende presentar a Cristo sólo con la Palabra, no sirve. En un contexto de necesario testimonio, en la "misión ad gentes" hay que acentuar el "poder de los hechos", más que el de las palabras. IJn misionólogo ha escrito: "en el mundo del diálogo, que se presenta indudablemente como el camino de la "misión ad gentes", el "testimonio misionero" se coloca en el primer lugar de la actividad evangelizadora y se convierte en el criterio de credibilidad de la proclamación del Evangelio" (Barreda J.A. Euntes D., 2, 2002, p. 74). El amor de Dios por el mundo como de hecho se ha concretizado en el misterio del Hijo que "amó hasta el extremo", lleva al misionero de hoy en día a un proceso de identificación amorosa con el pueblo que quiere servir Como Cristo, el misionero no está llamado a dar una teoría sobre el dolor, el hambre, la enfermedad, sino que sana, da de comer, ayuda... Cristo vino a liberar del pecado, pero se introduce a esta acción profunda, haciendo simplemente el bien a cuantos lo necesitaban (cfr. Jn 2,1-11). Hoy el misionero es la encarnación del Buen Samaritano, siente compasión, se solidariza sinceramente con los pobres. En nuestro mundo, víctima de la lógica del ganar, del pro- vecho propio, la gratuidad suscita la maravilla, la sorpresa y hace surgir la pregunta ¿Quién es este? ¡Cuántos caminos a Cristo ha abierto y sigue abriendo aquella extraordinaria "misionera" de la caridad que ha sido Teresa de Calcuta!.
4. La propuesta de la conversión ¿irrespetuosa de la conciencia?
"La Iglesia está efectiva y concretamente al servicio del Reino. Lo está ante todo mediante el anuncio con el que llama a la conversión. Al anunciar el Reino, la Iglesia invita a acogerlo, cooperando al don de Dios, para que acogido crezca entre los hombres" (RMi 26).
Esta es la doctrina de la Iglesia, pero hoy en día el "misionero ad gentes" debe estar dispuesto, precisamente por la actual sensibilidad hacia todo lo que podría sonar a imposición y a falta de respeto de las convicciones ajenas, a enfrentar duras críticas. Según no pocos teóricos de la cultura, pareciera que la propuesta de conversión debería quedar excluida por el respeto debido a la conciencia y a la libertad de los demás.
Si la Iglesia, en fidelidad al mandato de Cristo, envía a los Heraldos del Evangelio hasta los últimos confines del mundo, lo hace no sólo por obediencia a Cristo, sino también en la plena aceptación y defensa del derecho a la libertad religiosa.
Recordemos que "derecho a la libertad religiosa, no significa en absoluto indiferencia religiosa en el sentido de que todas las religiones sean iguales, válidas o falsas, no significa relativismo doctrinal que niega la existencia de una verdad objetiva; no significa escepticismo frente a la posibilidad de conocer lo verdadero y lo bueno en el orden religioso o moral; no significa autonomía de la conciencia que quedaría exonerada de toda obligación a la verdad y de adhesión al bien; no significa individualismo religioso por lo cual estaría permitido decir y hacer todo lo que agrada. Significa sólo guardar celosamente la propia fe y reconocer que también todos los demás tienen este mismo derecho" (Rossano, p. 200).
En esle contexto encaja lógicamente el estilo de la actividad misionera "ad gentes" que no debe hacer pensar minimamente en posturas proselitistas de "conquistas de adeptos". El misionero debe dejarse guiar por un doble respeto: respeto por el hombre en su búsqueda de respuestas a las preguntas más profundas de la vida y respeto por la acción del Espíritu en el hombre" (RMi 24).
Reconocemos que no siempre los misioneros han actuado de este modo: es fácil encontrar en las historias de las misiones, numerosos ejemplos de proselitismos irrespetuosos y de verdadero atropello al derecho ajeno por la imposición del propio "Credo".
Hoy en día el misionero debe asumir una actitud de total y delicado respeto de la persona, profese éste la religión que sea, consciente de que el hombre, todo ser humano, es "el camino de la Iglesia". Esta es su servidora y servir al hombre es su único privilegio. "¡Nadie tema a la Iglesia! - afirma Juan Pablo II en Nueva Delhi en 1999- porque su única finalidad es continuar la misión de servicio y de amor de Cristo (...) la libertad religiosa es inviolable hasta el punto de exigir que se reconozca a la persona incluso la libertad de cambiar su religión si así se lo "pide su conciencia".
El misionero de hoy en día ofrece con "audacia" y respeto lo que él mismo ha recibido, consciente que lo que él ofrece constituye una respetuosa apelación a la libre conciencia de los oyentes. Si la propuesta y la apelación llevan a la "conversión" y hasta el cambio de religión, esto se debe ante todo a la gracia de Dios (Es Dios quien da el incremento, diría San Pablo) y a la respuesta libre de cada persona. Si esto no acontece y no hay conversión, eso no es motivo para que el misionero renuncie a su presencia entre "su pueblo" y a su servicio por amor, esperando la "hora de Dios". A él no le debe motivar, en última instancia, el éxito, sino la fidelidad al mandato de Cristo.
5. Firme en medio del conflicto
La historia de las misiones casi siempre ha sido historia de cristianos que se han mantenido "tercamente" firmes en el conflicto. Han sido "casa construida sobre roca". Hoy en día, se les exige no pocas veces, auténtico heroísmo: no conozco ningún lugar en el que ser misionero sea fácil; la posibilidad de morir víctima de la violencia, se da en África como en Asia y hasta hace poco en no pocos países de América. No pasan meses sin que los medios de comunicación nos informen del asesinato de algún misionero o misionera. Jesús ya desde la primera misión cuando envió a los 72, les dijo que los enviaba como "corderos en medio de lobos", y al final de su vida, antes de entrar en el Cenáculo les dice a los Apóstoles que "vendan su manto -si fuera necesario- para comprar una espada" (cfr. Lc 22,35). Quiere decirles que la fidelidad a la misión implica estar preparados para el combate: así ha sido para Jesús y sus discípulos; a los misioneros no necesariamente les irá mejor. El misionero de Cristo, que debe llevar y ofrecer paz, se sabe discipulo de Quien afirmó: "No piensen que he venido a traer paz a la tierra. No he venido a traer paz sino espada" (cfr. Lc 2,35-3 8). La misión hoy (al menos corno ayer, si no más) pasa por la fatiga, el contraste, el dolor, la cruz y no sólo por las dificultades del lugar, sino porque la propuesta del Reino siempre es profética, y el profeta no tiene patria, es siempre un expatriado o exiliado. Contempla, corno IVloísés, una patria en que todavía no habita: lo sostiene la esperanza.
6. El misionero, "movido a compasión", pero como el Samaritano
Lo hemos escuchado muchas veces y por eso yo no le he dedicado un apartado específico, la "misión ad gentes" tiene hoy en día, como un criterio fundamental la inculturación. La Evangelización debe ser inculturada, fermentando -digámoslo así- las diversas culturas para que ellas mismas tomen forma en expresiones litúrgicas, teológicas, artísticas, ministeriales propias, aún sin romper la comunión eclesial.
Este "modo" de ser misionero, le exige al que se atreva "a salir geográficamente", ser capaz ante todo de "salir" de sí mismo, para ir al encuentro de los otros, aun sin pretender olvidar o abandonar la propia cultura. Hace falta entonces, que el misionero haga lo posible para mostrar un interés respetuoso hacia todas las manifestaciones culturales de los destinatarios de su servicio, que a su vez implica, ante todo, el aprendizaje lo más perfecto posible del idioma de "su pueblo"... El encuentro se debe producir en toda sencillez, en la mayor espontaneidad y la sinceridad profunda de todo nuestro ser; no se trata de una táctica, ni de una estrategia pastoral, sino que se trata de un modo muy concreto de amar.
El Buen Samaritano, hombre de otra cultura, no ayudó al que fue dejado medio muerto en la cuneta del camino, para hacerlo de los "suyos", sino simplemente porque aquel hombre necesitaba una mano amiga.
Hoy en día se está hablando y escribiendo mucho de este modo de ser misioneros, pero las críticas que nos vienen de nuestros destinatarios nos avisan -dolorosamente- que esto no significa que de hecho se logre "dar el paso, dejando posturas de superioridad, de orgullo, de etnocentrismo...que impiden abrirse a la amistad y a la riqueza de los otros".
Mons. Victorino Girardi Stellin
Obispo de Tilarán (Costa Rica)
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© 2004 OCASHA-CCS
Boletín Nº126