DAR LA MANO

Amanece un nuevo día entre los palmerales, las plantas de cacao y las verdes bananeras; el chillar juguetón de los pájaros llega hasta nuestra habitación y lentamente la oscuridad de la noche deja paso al nuevo día. Por el camino una hilera de uniformes de diferentes tamaños y colores, se acerca con sus risas y bromas; mientras el cielo es adornado por bandadas de garzas blancas, que remontan una mañana más el río siguiendo los bosques de caña guadua, en busca de su alimento.

Todo un concierto de luz y belleza, que armónicamente, va decorando cada pequeño rincón de este pueblito ecuatoriano. Las casitas de caña, sencillas y acogedoras, humanizan este paradisíaco paisaje. Casas de donde, como hormigas, salen y entran sus habitantes dispuestos a pelear un día más contra la adversidad de su pobreza, intentando conseguir algo con qué alimentar a los suyos.

Paso a paso, despacio, al ritmo de tantas familias de aquí, vamos caminando en nuestra tarea, intentando que las personas con las que convivimos hagan suyo el proyecto de amor de Dios. Contentos, muy contentos, pues vamos dando pasos de mucho peso para nuestra misión, para estas personas y para nosotros; pues no tiene sentido nuestro caminar sin el suyo.

Este año los vientos soplaron extraños, las nubes no llegaron a tiempo, el sol, dios incaico, con su incomparable fuerza y calor, quemó dos veces consecutivas las semillas de vida que brotaban de las entrañas de la pachamama (madre tierra). Las cosechas invernales que son sustento básico de la mayoría de las familias del campo y sus animales, se secaron, muriendo con ellas las inversiones realizadas y dejando muchos hogares desolados. Familias enteras vieron con angustia cómo semanas de trabajo amarilleaban hasta morir, dejándoles endeudados.

La semana santa se convirtió en semana de pasión para cientos de familias, pues comenzaron las clases y no había de dónde sacar para las matrículas, los uniformes, los libros, cuadernos y demás útiles escolares. Algunos padres, (los más prudentes), demoraron más de un mes en traer los niños a la escuela, pues no sabían cómo expresar su impotencia y a la vez pedir que se les ayudara a seguir educando a sus hijos.

Es curioso como se dan las cosas, pues en medio de esta desolación llegasteis vosotros. Aunque no lo creáis, pero este curso vosotros fuisteis esas gotas de agua que le faltaron a los campos. Vuestras ayudas, generosidad y confianza en este equipo de misioneros fueron el mejor riego y la mejor lluvia para muchas familias. La esperanza, en forma de becas de estudio, hizo renacer y brotar nuevamente la ilusión en cientos de hogares.

Hay una sonrisa cómplice en cada niño, una sonrisa picaresca, que dice gracias, que dice: ¡sé que me quieres! ¡gracias por estar ahí! Este año todas esas sonrisas son vuestras; la de esas madres luchadoras, sin cansancio, que caminan kilómetros cada día para traer o llevar a sus hijos, la de esos padres que a cambio ofrecen sus manos para arreglar los viejos pupitres, limpiar el centro, pintar las viejas paredes o podar los almendros que dan sombra y vida al patio. Esta comunidad educativa no sólo tiene alumnos, padres y educadores, también está formada por vosotros, quienes desde la solidaridad y generosidad, frutos del amor, sois puntal y bastón que sostiene a los más débiles en este caminar.

En estos días puede resultar lógico ayudar a un conocido, al mendigo que vemos todas las mañanas, a la gitana que viene a venderme ropa... pero ayudar a quien no veo y nadie conoce, supone ya un acto de fe y de generosidad, que sólo puede nacer de personas que viven desde el corazón, y es viviendo así como se llega a la verdadera felicidad. Este curso vuelven a ser bienaventurados los pobres, niños y jóvenes, que se esforzarán por aprovechar esta oportunidad que se les brinda. Desde su alegría y nuestra oración os damos un fuerte abrazo y os decimos: gracias, muchas gracias.

Antonio García y Ana Dolores Cruz
Misioneros laicos de OCASHA-CCS en Playa Prieta (Ecuador)


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Boletín Nº126