Imperio e imperialismo parecían palabras muertas, pero la realidad las ha resucitado. Hoy no basta hablar de opresión y de capitalismo para describir la postración de las grandes mayorías de este mundo. El Norte y las multinacionales lo someten, como no se había conocido antes. Y muy en especial EEUU. Es el imperio actual. El imperio, ídolo omniabarcador
Impone su voluntad sobre todo el planeta, con un poder inmenso, guiado por la pasión del triunfo, en todos los ámbitos de la realidad y a través de todo: industria armamentista, comercio inicuo e injusto, información manipulada o mentirosa, guerra cruel, terrorismo con apariencias legales y barbarie sin miramientos, irrespeto y desafío al derecho internacional, violación de los derechos humanos cuando es necesario, destrucción de la naturaleza... A la larga lo más grave es quizás la contaminación del aire que respira el espíritu humano que se impone en el planeta: la exaltación del individualismo y del éxito, como formas superiores de ser humano, y el irresponsable disfrute de la vida como algo que no admite discusión.
Todo esto asusta, y sin embargo el imperio proclama que es bueno que el mundo sea así. Es buena noticia, evangelio; el advenimiento del fin de la historia; la aldea global, el reino de Dios. El ser humano de hoy es afortunado de vivir en este mundo, y el imperio tiene la misión divina de defenderlo y extenderlo.
El imperio es concebido desde categorías religiosas. Como la divinidad, goza de ultimidad y exclusividad. A la acumulación de poder no se le puede tildar de peligro que tiende a destruir al débil, sino que es expresión de la realidad divina e instrumento que garantiza su presencia en el mundo. Como la divinidad, también el imperio ofrece salvación, cuya forma suprema es el bien vivir. No admite discusión, y nadie puede impedirlo. Exige una ortodoxia y un culto, y, sobre todo, como Moloch, exige víctimas para subsistir. ¿Y los pobres de este mundo? Sólo les quedan las migajas de Lázaro.
Asusta la maldad imperial y asusta su desvergüenza. Y entonces viene la pregunta: ¿Y nosotros, qué hacer? La respuesta la da Pedro Casaldáliga en la presentación de la Agenda Latinoamericana de 2005: "Contra la política opresora de cualquier imperio, la política liberadora del Reino".
Honradez con lo real y sumisión sólo a Dios
El imperio es el instrumento que adopta el Maligno, la bestia a la que el dragón le concede su fuerza destructora según el Apocalipsis (cap. 12 y 13)...
El maligno es "mentiroso", y ante el embuste primordial del imperio, el primer acto del espíritu es desenmascararlo, ejercitar la honradez con lo real. Esa honradez no es fácil, pues el mal se encubre y hace lo posible por aparecer como lo contrario. El imperio se hace pasar por bienhechor, guardián del bien, fuente de esperanza y liberador incluso de los "menos favorecidos" del planeta. Hoy además tiene viento a favor tras la caída del socialismo y la globalización.
El entusiasmo precipitado que se produjo tras la caída del muro de Berlín generó un ambiente engañoso: el mal radical había desaparecido. No se vislumbraban grandes luchas bélicas, aunque el bloque triunfante no dejaba de prepararse para las guerras del petróleo, del agua, del coltán... La misión de la potencia superviviente era garantizar el bien en el resto de los países de abundancia, y prometer esos mismos bienes a los pobres. Y a EEUU le tocó gestionar la paz, que se convirtió en la pax americana, sucesora de la pax romana.
Todo esto coincidió, además, con la globalización, que sus defensores rodearon de una aureola espléndida de buena noticia. Y los poderes la presentan, aunque reconozcan problemas, como algo bueno y salvífico.
Conclusión para la espiritualidad: contra el imperio hay que generar un espíritu de lucha por amor a las víctimas. Y, como se encubre, el primer paso efectivo de una espiritualidad anti- imperialista es desenmascararlo. Es la honradez con lo real.
"Sólo Dios es Dios". No lo es ni el césar ni el imperio. Equivocarse en eso, en forma creyente o secularizada, tiene gravísimas consecuencias.
Jesús: una cultura evangélica contracultural
En el día-a-día el imperialismo penetra en los seres humanos de muchas formas: con la seducción -para unos pocos- y el engaño -para las mayorías- de la llamada "cultura estadounidense", the american way of life. Ésta impone dos visiones de la vida muy poderosas: el individualismo, como forma suprema de ser, y el éxito como verificación última del sentido de la vida. Nos lo ofrecen -y nos lo imponen- como lo mejor que ha producido la historia. Y a la inversa, fraternidad, compasión y servicio son productos culturales secundarios, tolerados, pero no promovidos. Insistir en ellos más que en los otros no es "políticamente correcto". La igualdad de la revolución francesa, y nada digamos de la fraternidad del evangelio, se han quedado obsoletas. El imperio genera también polución espiritual. El aire que respira el espíritu sofoca, asfixia, envenena.
Este sometimiento al modo de ser y comportarse es radicalmente antievangélico y, por ello, el cristiano debe combatirlo desde "el modo de ser de Jesús". El imperio pretende que nuestra ilusión sea comer, beber, cantar, ver deporte y divertirse como allí se hace. Por eso, a ello hay que oponer una comida y bebida como mesa compartida, una música que genera comunión y gozo, no simple entertainment, un deporte con austeridad y sin dispendios insultantes, con disciplina y rivalidad dentro de una misma familia. Eso es espiritualidad anti- imperial en el día a día. Y también lo es, tal como están las cosas, defender un "nacionalismo", bien entendido como el derecho a la diferencia: la defensa de la bondad de la creación de Dios, en diferentes pueblos, tradiciones, culturas y religiones.
El escándalo de una salvación que viene de abajo
Contra el imperio hay que luchar de diversas maneras y los cristianos no deben rehuir ni el desarrollo de teorías anti-imperialistas, ni la creación de fuerzas sociales y políticas que se opongan o que lo minen poco a poco, ni siquiera la participación en revoluciones justas, como ha ocurrido a lo largo de la historia. No vamos a desarrollarlo ahora. Si queremos mencionar algunos elementos beligerantes más específicamente cristianos, "absurdos", aparentemente "inoperantes", pero que, como las pequeñas piedras que caían del monte en la visión de Daniel, pueden destruir los pies de barro de los grandes imperios. Esas "pequeñas piedras" son las grandes realidades cristianas, aunque escandalosas y tenidas por inútiles. Promoverlas forma parte de una espiritualidad anti-imperial. En principio, porque quiebran la lógica más profunda del imperio de que sólo el sometimiento y el poder salvan.
La tesis fundamental anti-imperial es que la liberación proviene de las víctimas del imperio. El puro poder nunca ofrece liberación digna de seres humanos. La tradición bíblico-cristiana no comienza con el poder. Lo débil y pequeño es lo que está en el centro del dinamismo de la liberación. Ellos son sus portadores, no sólo sus beneficiarios. La utopía responde a su esperanza, no a la de los poderosos.
Y junto a esta tesis fundamental podemos enumerar más brevemente otras no menos escandalosas, pero igualmente cristianas y de largo alcance, que son como las pequeñas piedras que hacen desmoronarse al imperio.
Jesús habló de un mundo configurado por la bondad graciosa de Dios, no por el poder impositivo del emperador. Eso es bien sabido, y de ahí que los cristianos debiéramos ser, visceralmente, si se quiere, anti-imperio y pro-reino. Y en eso nos va nuestra esencia.
Jon Sobrino
(Agenda latinoamericana 2005)
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Boletín Nº127