Para los que no nos conozcáis mucho, somos Pedro y Elena, de Madrid. Desde mayo de 2003 también está con nosotros nuestro hijo Pedro, alteño-madrileño. Y hace poco más de dos meses que nació María, nuestra hija. Ella es sólo madrileña, aunque boliviana de corazón, sin duda.
Llegamos a El Alto en febrero de 2002 y nuestra misión, en un inicio, era puramente pastoral. Vivíamos en una de las seis capillas de la parroquia y éramos los responsables de esa área pastoral. Además colaborábamos en actividades comunes de toda la parroquia como el grupo de Cáritas, el Consejo de Asuntos Económicos, Consejo Pastoral, etc. Una de nuestra misiones más importantes y, por qué no, una de las más cansadas pero también más gratificantes, era la de atender a la gente que venía a la capilla a cualquier hora, a preguntar cualquier cosa. Sentimos que uno de los mejores testimonios que podíamos dar era el trato a éstos nuestros vecinos y, además, era una de las mejores formas de relacionarnos con ellos, ya que en El Alto las relaciones personales son casi inexistentes, al menos para nosotros. Las casas están siempre cerradas y es muy difícil entrar en alguna, ni siquiera de las personas “cercanas” o “amigas”. Normalmente te atienden en la calle, aunque llueva o sea de noche. Sólo hemos entrado en alguna casa para tener una reunión o cuando hemos ido a rezar a algún velorio. La verdad es que ya nos habían dicho que El Alto era un lugar frío en todos los sentidos, pero la verdad es que las bajas temperaturas no son el peor frío de esta ciudad, sino el frío humano. Ya lo sabíamos, es verdad, pero vivirlo es otra historia.
En la parroquia hay dos centros de educación alternativa, en los que se atiende a niñ@s en desventaja social cuando éstos salen del colegio. Se comenzó a percibir que en estos centros había algunos chic@s que no asistían a la escuela por tener alguna discapacidad, en la mayor parte de ellos discapacidad intelectual. Cuando algo es del Espíritu siempre te lleva más allá y comenzamos a informarnos de que había bastantes niñ@s y jóvenes discapacitados que no recibían ninguna atención, la mayoría nunca había asistido a ningún centro o escuela, simplemente estaban en casa. A todo esto, se unió que nos llegó de “casualidad” la información sobre un curso a distancia que la UNED iba a hacer en colaboración con la Comisión Episcopal de Educación sobre Educación Especial y Pedro se inscribió. Y para rematar se recibió una subvención para construir un nuevo centro, el cual iba a tener guardería y apoyo escolar, por lo que uno de los dos edificios se quedaba libre….¿No son demasiadas “casualidades”? Nos pusimos manos a la obra y, gracias a la ayuda de otras personas que trabajan aquí en El Alto, nos pusimos en contacto con algunas instituciones financiadoras de centros educativos. Ya sólo quedaba fiarse y dejarse llevar por ese Espíritu, y así nació el Centro de Educación Especial Mururata, en el que actualmente se atiende a 75 niñ@s y jóvenes con discapacidad, de 0 a 18 años. Esta es ahora nuestra principal misión en El Alto, ya que en la parroquia no es tan necesaria la colaboración de misioneros, puesto que hay matrimonios responsables que viven en las diferentes capillas, las Hermanas Cruzadas que viven en otra de las capillas y, poco a poco, se han ido asumiendo las diferentes responsabilidades parroquiales. Nosotros ahora colaboramos de forma puntual, en lo que se necesite.
Desde finales de febrero de este año ya no estamos viviendo en la ciudad de El Alto, sino en un pueblecito cercano que se llama Achocalla. El clima de El Alto es demasiado duro, no tanto para nosotros, sino para Pedro, ya que se enfermaba mucho, sobre todo el año pasado. No es un problema de altura, sino de clima, ya que los cambios de temperatura son muy bruscos en el altiplano y, por las noches y cuando no sale el sol, las temperaturas son bastante bajas a 4000m de altura y, por eso, hemos decidido bajarnos a Achocalla. Ahora vivimos a unos 3600-3700 m de altura. O sea, que no hemos bajado mucho, pero como Achocalla está metido en un valle muy cerrado, el viento de los Andes apenas llega con la dureza con que lo hace en el altiplano y, además de haber vegetación, animales, etc, los cambios de temperatura no son bruscos y el clima es bastante estable. Aprovechando que ahora estamos casi en verano, cuando no llueve, estamos en manga corta casi todo el día, vamos, una experiencia prácticamente desconocida para nosotros hasta ahora.
Subimos a El Alto todos los días. En auto se tardan 10 minutos desde casa al Centro de educación especial. Pedro va a la guardería y se lo pasa genial.
Trabajar en el Centro Mururata es una experiencia impresionante desde todos los puntos de vista. En realidad lo que queremos es que sea de verdad un centro que preste el mejor servicio en todos los sentidos, que no sea sólo una guardería de niños con discapacidad. Vamos, el centro al que llevaríamos a un hijo. Lo que nos parece más importante es trabajar para que estos niños y jóvenes puedan optar a un futuro digno, a esa dignidad que nos merecemos todas las personas. Y es que hemos ido descubriendo que estos niñ@s y jóvenes con discapacidad son los destinatarios que Dios ha puesto en nuestro camino, sus predilectos y nos sentimos súper privilegiados de poder trabajar con ellos. Es una suerte. Pedro ya ha acabado los estudios de educación especial y la verdad es que han venido muy bien para poder coordinar todo con sentido y Elena ahora está colaborando mucho con la trabajadora social visitando a familias, pero a lo que se va a dedicar en serio es a coordinar los talleres ocupacionales para los jóvenes mayores de 16 años, tanto el artístico (artesanías en cuero, artes gráficas, costura, etc), como el técnico (soldadura, pintura y mecánica básica) controlando el trabajo, la seguridad e intentando que los chicos aprendan de verdad y que se pueda hacer un trabajo de calidad. Estamos trabajando un montón, pero contentísimos. Y el equipo de trabajo que colabora en el centro funciona bastante bien y tod@s ponen de su parte.
Pedro también está colaborando bastante ahora en el obispado como ecónomo. No es que sea una tarea que le emocione, ya que es un lío y mucho trabajo pero, en realidad, somos enviados a la diócesis de El Alto y hay que prestar servicio en las cosas que vayan surgiendo, porque es bueno estar abierto y disponible a las necesidades y no sentir que sólo hemos venido a montar nuestro chiringuito y quedarnos ahí encerrados.
Pedro es un niño encantador y muy despierto. Le encanta ir a la guardería, pero lleva fatal ser el centro de atención y se enfada mucho cuando la gente empieza a tocarle el pelo, la cara, a querer cogerlo…., se enfada y pega. Eso lo lleva fatal. El problema es que los niños dicen que tiene pelo de muñeco (ya saben que, inexplicablemente, casi todos los muñecos son rubios) y no paran de sobarle como si de verdad fuera uno. Pero si no le pasa eso, es un niño cariñoso, aunque está hecho un trasto de cuidado. María es demasiado pequeña para ir a la guardería y va con Elena a todas partes. Es una bebé muy linda.
Acabamos de llegar a Bolivia de nuevo para comenzar un nuevo compromiso. Estamos muy ilusionados ante esta nueva etapa de nuestra vida y damos gracias a Dios por lo cerca que lo sentimos, por todo lo que nos cuida y nos quiere y por darnos la oportunidad de ser felices “al estilo de Jesús”. La verdad es que nos sentimos inmensamente privilegiados y, aunque no todo es siempre de color rosa, estamos seguros de que estamos en buenas manos, para lo bueno y lo malo. Y una muestra de ello para nosotros ha sido la bonita acogida que tuvimos en el aeropuerto al llegar, con pancarta y todo. Y, sobre todo, porque entre las personas que nos esperaban había dos padres y una madre de tres niños del centro. Todo un regalo que, sin duda, no esperábamos.
Un beso para tod@s.

Elena, María, y los Pedros
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Boletín Nº129