Creo que todos y todas tenemos la experiencia de que, si se nos pide contar la experiencia en general de nuestro compromiso, nos quedamos un poco saturados, sin saber por donde empezar, pues son muchas las cosas que se nos vienen a la mente y al corazón. Pero cada ovillo empieza por la punta de un hilo ¿no?.
Se me ocurre que, para contar la experiencia de nuestro compromiso en Santa Cruz, hay que empezar por hablar precisamente de la realidad de Santa Cruz. Porque de Bolivia todos escuchamos hablar (por desgracia cuando surgen los problemas) pero, a menudo, desconocemos los ingredientes de este potaje que es Bolivia. Porque Bolivia es eso, un potaje, de ricos ingredientes, pero en permanente ebullición. Y algunos de esos ingredientes son opuestos, casi irreconciliables, aunque estén juntos todo el tiempo. Me refiero a las diferencias que existen entre el interior y el oriente del país. No son sólo desavenencias territoriales o diferencias de costumbres. A pesar de la cercanía, hay dos culturas verdaderamente opuestas que sólo a la distribución colonial se le ocurrió meterlas en un mismo saco, pero que nunca estuvieron realmente unidas. Y ese error se viene pagando caro, especialmente en los últimos tiempos.
La cultura del oriente boliviano, su forma de ver las cosas, de ver la vida, de ver la muerte, de ver las fiestas, de ver el dinero y su utilidad, de organizarse, de relacionarse...es radicalmente diferente del resto de Bolivia. Y no es sólo cuestión económica, es algo más profundo. Sin embargo, desde hace un tiempo a esta parte, los grupos de poder de Santa Cruz están utilizando este sentimiento de diferencia como un arma de división. Y se utiliza la fibra sentimental identitaria para enfrentar a la gente, a pobres contra pobres.
Santa Cruz se ha convertido en una tierra de recepción de personas y familias buscando trabajo, buscando tierras, buscando futuro. Y uno no se viene sólo con lo puesto: se trae su cultura, su forma de ser, de ver la vida...Y en lo cotidiano eso puede ser motivo de conflicto, sobre todo cuando los inmigrantes igualan en número a los autóctonos. Por sólo poner un ejemplo, en nuestro municipio, El Torno, que está a sólo 30 km. de la ciudad, es más difícil encontrar a un camba que a un inmigrante. En nuestra comunidad sólo conocemos dos familias realmente cambas (oriundas de Santa Cruz). Y, ante una realidad así, todavía se les considera como minoría, como un grupo de paso, como un extraño (creo que a ninguno nos suena extraña esta realidad...).
El problema está en que hasta hace poco realmente el inmigrante tenía conciencia de estar de visita, de ser trabajador de paso, de ser extraño. Pero cada vez más se siente que ésta también es su tierra, porque la trabaja y quiere vivir sin renunciar a lo que es, a sus raíces. Sin embargo, el que recibe, el camba, se niega a semejante atropello: “si tu vienes a mi tierra, que menos que te comportes como yo quiero”. Y, así, han ido surgiendo grupos como el Movimiento Nación Camba, que pretende hacer de Santa Cruz un país independiente, con los valores del “Santa Cruz de antaño”. Lo de extrañar es que muchos de los apellidos de estos cambas de pura cepa son apellidos polacos, checos, japoneses...Y más de extrañar que los dirigentes y representantes de la cultura camba sean grandes propietarios de tierras, latifundistas, grandes empresarios...en fin, pura coincidencia.
Quizá esta introducción pueda parecer muy larga para contar nuestra experiencia acá, pero es que sin este paisaje de fondo es difícil explicarla, sobre todo cuando hemos estado en los dos lugares, viendo las cosas con los dos ángulos: hace unos años en un barrio de la ciudad y ahora en esta zona rural.
Y desde donde estamos ahora las cosas se ven de otra manera: realmente Bolivia está dentro de un proceso profundo de cambio. Y no es cuestión de cambios entre dirigentes o de cambios de discurso, ese cambio está afectando realmente a la gente. Hay un proceso de toma de conciencia de que si decimos que la tierra es para todos y todas, eso no es cuestión de leyes, es cuestión de hechos. En nuestra zona, cuando empezamos a acompañar las reuniones de sindicatos agrarios y comenzaba el proceso de saneamiento y titulación de tierras (que después de 10 años aún sigue en proceso), si se escuchaba a alguien que hablaba de tener 10 hectáreas de terreno repartidas en diferentes lugares, parecía un latifundista y todos lo miraban extrañados. Pero, sin embargo, la ley reconoce que lo mínimo para una familia debería ser de 50 hectáreas. La gente normalmente tiene de 2 a 3 hectáreas (muchos tienen menos de una, por supuesto) y se les acusa de traficar con tierras, cuando los que se oponen al saneamiento de tierras tienen miles de hectáreas improductivas a las que aún ”no se ha podido” iniciar el proceso de saneamiento. La gente no pide eso, sólo pide que se les de el título de su pequeña parcela.
Igualmente, cuando se dice que todos tenemos derecho a una vivienda digna, quien lo propone está pensando en varios cuartos, baño, etc. En nuestro barrio, una vivienda digna es pedir paredes que no se caigan con la lluvia (son de barro) o un techo que no haya que cambiar todos los años (es de palma). Quizá nosotros seamos los únicos en el barrio (o alguno más) que tenemos baño completo. En fin, aún no sabemos después de estos tres años, si hemos aportado en algo a esta realidad. Pero esta realidad si nos ha aportado algo, que yo creo que todos hemos vivido: saber ver las cosas desde otro ángulo. Quizá no ha sido un compromiso muy “productivo”, pero si nos ha hecho ver la realidad bajo otro prisma: la inexistencia de agua potable, en las comunidades, el no tener luz, viviendas, el no poder hacer nada cuando llueve porque los caminos se caen, el saber que uno no organiza a la gente, sino que se inserta en una organización existente...Todo esto nos ha abierto muchos cuestionamientos, incluso a nivel de Iglesia y de evangelización. La Iglesia no interesa. Su anuncio no dice nada, porque lo sigue diciendo en una lengua extranjera con contenidos que muchas veces no afectan su vida. El estar aquí nos ha hecho ver que la buena noticia tiene que ver directamente con el tener o no tener tierra, con el tener caminos, con el agua para las personas y los animales, con la organización y la lucha de los sindicatos...Algunos y algunas piensan que ya dejó de hablarse de los términos de liberación, que es de trasnochados seguir pensando en esa teología, pero creo que Bolivia, como siempre un poquito tarde, pero ahora es cuando está necesitando de un mensaje que le ayude a dar sentido a todo el proceso de cambio que está viviendo. Y ese sigue siendo nuestro desafío: poder estar presentes en estas comunidades, intentando no apagar los sentimientos de lucha de la gente, sino dándole argumentos para vivirlos con sentido.

José Manuel Mula y Piedad Donoso
OCASHA-CCS
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Boletín Nº129