¿ÁFRICA NECESITA DINERO... O ALGO MÁS QUE ESO?

África ha recibido en las últimas décadas montañas de dinero en concepto de ayuda humanitaria. Sin embargo, los frutos y los resultados de esta ayuda no corresponden ni de lejos a las expectativas. Para unos, lo de África es simplemente cuestión de tiempo. Dirán que, en cierto sentido, África está como Europa en la Edad Media, y por tanto hay que esperar a que llegue a la Modernidad. En la misma línea, los economistas de la ortodoxia neoliberal nos dirán que, una vez que África efectúe su "despegue" capitalista, sólo le faltará adquirir la "velocidad de crucero" que les lleve hasta donde nosotros estamos (que es siempre el paradigma ideal).

Otros opinan exactamente lo contrario. No es que haya una única vía de tren y diferentes máquinas situadas en puntos diferentes. Lo que hay es una única máquina. El primero que se hace con el control de los mandos, obliga a los otros a ser sus servidores. Mientras África se esfuerce por entrar en un sistema que domina Occidente, está condenada a ser la sierva de Occidente. Los más radicales llegan a proponer el corte, la ruptura con un sistema desigual e injusto que cuando dice que destina millones en ayuda humanitaria, está de hecho chupando la sangre a las exangües economías africanas: es la denominada "teoría de la desconexión".

Para unos Occidente busca mantener África en la dependencia, para otros es África la que no se preocupa por desarrollarse, prefiriendo jugar el papel del mendigo arrogante que exige la ayuda invocando eternamente los agravios históricos recibidos.
Cito textualmente dos intervenciones de un debate del Seminario sobre la cooperación, como muestra de las perplejidades en que nos hayamos:

Probablemente todos tienen su parte de razón. La pregunta que surge, dada la complejidad y gravedad de los problemas, dada la mutua implicación de todos los factores, es la siguiente: ¿por dónde empezar? ¿Hay que cambiar primero las mentalidades? ¿Hay que cambiar los modelos de cooperación? ¿Hay que empezar por resolver la corrupción y la parálisis política? ¿Será la educación lo prioritario, o la salud? ¿El medio ambiente, o el desarrollo de la industria? ¿La potenciación de una clase media, o la presencia de África en los centros de decisión internacional?

En todo caso, una de las lecciones que se pueden sacar del pasado reciente es que toda ayuda pensada y gestionada según los criterios del Norte está condenada al fracaso. África necesita tiempo y espacio para encontrarse consigo misma. Mientras tanto, más que la cantidad de la ayuda, es urgente encontrar una ayuda de calidad, que promueva la toma de iniciativa de los propios africanos. Una ayuda que los respete en su manera de ser y pensar. Una ayuda que les devuelva la dignidad, la confianza en sí mismos.

También existen signos de esperanza: la reacción de la ciudadanía en favor de la condonación de la deuda externa ha sido un paso importante. Ahora bien, el problema de fondo no es el perdón de la deuda, sino que el sistema económico internacional es injusto.

Lo mismo sucede con las estancias de cooperación en África realizadas por jóvenes de aquí. Son experiencias profundamente positivas. Ahora bien, lo que realmente resultaría transformador sería que nuestra sociedad tuviese el tiempo y la valentía de escuchar lo que esos jóvenes dicen cuando vuelven de allá. Esto ayudaría a no quedarse sólo con la admiración hacia el cooperante, sino a meditar la siguiente cuestión: ¿por qué hay pueblos que tienen que vivir en la miseria, eternamente dependientes de las migajas que sobran de la mesa de los ricos?

Por otro lado, más allá del problema de la cantidad y la cualidad de la ayuda internacional, existen medidas quizás más sencillas y más eficaces para contribuir al desarrollo de África. España podría presionar a la Unión Europea para rebajar las barreras proteccionistas (aranceles y licencias de importación) que tenemos. Barreras que, en la práctica, impiden que muchos productos agrícolas del Tercer Mundo puedan llegar a nuestros mercados. Ciertamente hay que ayudar a nuestro propio sector agrícola, pero hay medidas que sacarían de la miseria a regiones enteras de África. Es un ejemplo de cómo, por la vía no de la limosna, sino de la justicia, se podría ayudar a un verdadero desarrollo económico del Sur, sobre bases sólidas. Por ello, una de las medidas urgentes propuestas por las Naciones Unidas es la de la apertura de los mercados mundiales, especialmente para las exportaciones agrícolas de África.

Apoyar a las organizaciones de inmigrantes

En primer lugar, convendría acabar con la psicosis de la "invasión", que incluso el gobierno parece alentar. Es cierto que están llegando muchos inmigrantes a nuestras costas. Los diarios y la televisión nos lo recuerdan. Pero los extranjeros (poco más de un millón) representan en la actualidad el 2,65% de la población española. Además, hay que tener en cuenta que, de este millón de extranjeros, un buen porcentaje proviene de los países ricos. Es decir, que el número de inmigrantes magrebíes y africanos en España no es un problema en sí mismo.

En segundo lugar, si bien es necesario algún tipo de control de la inmigración, esto no significa criminalizar al que busca un trabajo en nuestras tierras. Es cierto que una llegada masiva de inmigrantes no es deseable, ni para los países de origen ni para el de destino. Pero una política basada en el control policial no es eficaz a largo plazo, además de no ser ética. El problema es mucho más complejo, y como tal debe ser tratado.

Respecto de las organizaciones de inmigrantes, es evidente que éstas conocen mejor que nadie los problemas concretos a los que se enfrenta un inmigrante. Pueden ayudar a otros inmigrantes de una manera mucho más eficaz. Un ejemplo: la guía elaborada por las propias mujeres subsaharianas para que sus compañeras puedan "moverse" sin grandes traumas por nuestra sociedad y nuestras instituciones (escuelas, hospitales, etc.).

Más aún, algunos inmigrantes africanos en Europa se están constituyendo en verdaderos promotores del desarrollo de sus comunidades de origen. Una ONG de Marsella canaliza las ayudas económicas de los inmigrantes hacia sus países de origen. Los inmigrantes procedentes de una misma región de Marruecos, por ejemplo, han llevado a cabo un vasto proyecto de electrificación rural. En él han participado financieramente los inmigrantes, la propia ONG y subvenciones procedentes de la cooperación internacional. En Girona se está intentando aplicar esta misma idea. ¡Y cuántos malentendidos, dificultades de comunicación, picaresca se pueden ahorrar, al ser una ayuda entre hermanos que se conocen y saben cuáles son las prioridades reales!

Extraído de: Colección de Cuadernos Cristianisme i Justícia. 108. ALEXIS BUENO. Mirar a África, Redescubrir Europa

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Boletín Nº130