MOZAMBIQUE: CUATRO AÑOS DE SEQUÍA

Mencionar la palabra agua para un africano -“madzi” diría un manyungüe de la provincia mozambiqueña de Tete- es referirse a la vida, a la riqueza, al más apreciado bien de que uno puede disponer. De las primeras cosas de que uno es consciente en África es de la importancia que el agua tiene, la vida de la gente gira en gran medida en torno a ella. Antes de las primeras luces del día ya se ve a mujeres y niños - los principales responsables de la tarea de abastecer de agua a las familias - con todo tipo de recipientes que sean útiles para almacenar líquidos: cubos, bidones, latas... que, colocados sobre la cabeza en perfecto equilibrio, hacen esa estampa tan característica de los poblados africanos.

Conseguir el agua necesaria para el consumo doméstico requiere un esfuerzo enorme, recorrer las largas distancias que a menudo separan el domicilio familiar de los ríos o de los lugares en que los privilegiados que disfrutan de suministro de agua corriente, permiten a los peregrinos de los cubos en la cabeza - generalmente a cambio de un módico precio a pagar diaria, semanal o mensualmente - llenar sus recipientes, que luego habrán de ser cargados de vuelta hasta la casa. En este contexto es comprensible el testimonio del niño africano al que atendía un misionero en su lecho de muerte que decía: “cuando muera y vaya al cielo será muy bonito porque podré lavarme todos los días con agua limpia y podré beber cuanto quiera cada vez que tenga sed”, y todo ello sin necesidad de ir a buscarla ni tener que cargar con ella.

Si siempre ha sido un problema serio conseguir el agua indispensable para cubrir las necesidades básicas, lo es de manera especial en tiempos de sequía. Desde el año 1997 se viene apreciando un descenso considerable en la cantidad de lluvia en los países del África Austral. Más de 10 millones de personas de esta región necesitan urgentemente ayuda alimentaria, tras un nuevo año de lluvias irregulares según han revelado conjuntamente Naciones Unidas y la Comunidad de Estados de la región (SADC). Las evaluaciones llevadas a cabo por la Organización de Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO) y el Programa Mundial de Alimentos (PAM) indican grandes carencias alimentarias en Lesotho, Malawi, Swazilandia, Zambia, Zimbabwe y Mozambique.

La situación en Mozambique se está haciendo especialmente difícil. No llovió en los últimos cuatro años. Las regiones principalmente afectadas por la sequía son las del centro y sur del país: Maputo, Gaza, Inhambane, Manica, Sofala y Tete. Los problemas derivados de la escasez de agua se han ido agravando. En la primera evaluación que se hizo por parte del gobierno y del PAM se concluyó que el número total de personas en dificultades en el período entre Julio y Septiembre de 2005 era de 428.000. En Octubre el propio PAM lanza un nuevo llamamiento a la comunidad internacional, haciendo un claro aviso del grave problema del hambre provocado por la sequía, que en este momento cuantifica en 580.000 el número de personas que necesitan ayuda alimentaria con carácter de urgencia. A finales de Noviembre el gobierno de Mozambique y el sistema de Naciones Unidas realizan una nueva llamada urgente para pedir una rápida respuesta de la comunidad internacional para apoyar a las víctimas de la sequía, se estima en más de 800.000 el número de personas afectadas por la crisis alimentaria y que necesitan ayuda inmediata.

La escasez de agua afecta especialmente a los cultivos en un país en el que la economía es principalmente agraria. En muchos casos no se ha podido ni siquiera sembrar, muchas personas no tienen reservas de alimentos, de semillas o reservas financieras, dando lugar a un círculo de pobreza de muy compleja solución. Donde se ha podido sembrar, en 60 distritos del país casi la mitad de la producción de maíz -cereal básico de la alimentación mozambiqueña - se ha perdido. La posibilidad de cultivos alternativos de cereales resistentes a la sequía aún no han logrado éxitos que merezca la pena destacar. La sequía también ha acentuado la desnutrición que sufre la población, la falta de agua potable ha provocado brotes de cólera en distintos lugares; los pozos de agua con frecuencia compartidos con el ganado aumentan las posibilidades de contraer enfermedades de origen hídrico.

Por si todos estos datos y cifras no fuesen suficientemente preocupantes, las autoridades manifiestan que no se ha hecho una evaluación precisa que permita conocer cuál es la situación de las personas del campo, nadie sabe exactamente cómo se está alimentando la población de las zonas rurales, ni la cifra exacta de los que pueden estar sufriendo los efectos de la sequía en las regiones más interiores del país.

La vice-directora del PAM, Karem Manenti ha manifestado que “el mayor asesino está escondido y no necesariamente captado por las cámaras todos los días. Son pocas las personas que saben que el hambre y las dolencias relacionadas con el hambre matan más que el SIDA, la malaria o la tuberculosis juntas. O los que es aún peor, porque el número de personas que sufren hambre crónica va a aumentar nuevamente.”

África ha sufrido a lo largo de los últimos 25 años algunas de las peores sequías y hambrunas, donde los efectos de las catástrofes se agravan por los servicios de transporte inadecuados para recibir y distribuir alimentos y atención médica. Tal vez merece la pena traer a nuestras memorias algunas de ellas: la sequía que en 1980 asoló al propio Mozambique afectando a 6.000.000 de personas; la hambruna que en 1982 afectó en Ghana a 12.500.000 personas; la sequía de 1984 en Sudán con 8.400.000 afectados; la sequía de 1985 en Mozambique: 2.466.000 afectados; las sequía y hambrunas de Etiopía de 1984, 1987, 1990, 1991, 1993, 1999 y 2000 con entre 6.000.000 y 8.000.000 de afectados; la sequía de Sudán de 1991 con 8.600.000 afectados; la sequía de Malawi de 1993 con 7.000.000 de afectados... Parece que estamos ante un nuevo episodio de esta serie dramática que ha encontrado en el continente africano el desafortunado protagonista. Por el momento no ha ocupado ese mismo protagonismo en la preocupación de las instituciones encargadas de proporcionar la ayuda necesaria a aquellos que se ven asolados por desastres que superan sus posibilidades. Los medios de comunicación, motores habitualmente de la acción de los anteriores, tampoco se han hecho eco hasta el momento en la medida adecuada del problema que está afectando a esta región del planeta. ¿Es que una vez más vamos a esperar para actuar cuando las cifras de muertos nos digan que allí es necesario hacer algo? ¿Es que todavía necesitamos alguna secuencia del drama para iniciar nuestra actuación? ¿Necesitamos ver una vez más con nuestro propios ojos y oír con nuestros propios oídos cómo un niño moribundo suplica por un paraíso donde haya agua, porque en este mundo ni paraíso ni agua hay para él, pues parece que a nadie le importa?

Paco González Jiménez

OCASHA-CCS


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Boletín Nº130