1. La Misión es un proyecto de encuentro.
Recogiendo algunas referencias bíblicas veremos como la misión como encuentro aparece en la experiencia misma de la Trinidad, de los varios encuentros de Jesús con la gente y de los momentos lúdicos festivos de Jesús en las comidas:
1.1 La Trinidad, una experiencia de encuentro
1.2 Los Encuentros de Jesús
1.3 Las Comidas de Jesús
2. La Iglesia, comunidad de testigos, de encuentro y diálogo.
2.1 La Iglesia, servidora de la Misión.
Si como dice (Ad Gentes nº 2 ) "la Iglesia tiene su origen en la Misión del Hijo y del Espíritu según el plan del Padre, está claro que la vocación de la Iglesia es la de ser servidora de la Misión del Padre manifestada en Jesucristo". Ahora bien, Jesús anunció y mandó a sus discípulos "promover el Reino de Dios en el mundo", discerniendo los signos de los tiempos y colaborando con los movimientos de la gracia por los que el Espíritu prepara la realización del Reino en y para el mundo.
Esta proclamación y servicio del Reino supone tres dimensiones esenciales e inseparables. La liberación humana, la inculturación y el diálogo interreligioso. Establecer la justicia es esencial en la proclamación del Reino, pero para establecer esa justicia y liberar a todos los pueblos de lo que les oprime individual, social y religiosamente, la Iglesia debe implicarse en la transformación de las culturas. En esa transformación, la Iglesia no está sola, tiene que ver a los miembros de otras religiones como colaboradores mas que como adversarios. El diálogo se convierte así en un elemento vital para que llegue el Reino porque el fin del diálogo no es la conversión, sino la llegada del Reino. No hay servicio de fe sin construcción de la justicia, penetración de la cultura y apertura a otras experiencias religiosas. No hay justicia sin comunicación de la fe, transformación de las culturas y colaboración con otras religiones. No hay inculturación sin comunicación de la fe, diálogo con otras culturas y compromiso por la justicia. Por último, no hay diálogo interreligioso sin compartir la fe, evaluar las culturas y preocupación por la justicia.
La "Missio Dei" es el fundamento de toda práctica misionera de la Iglesia, ya sea enraizándose en medio de un pueblo para profundizar en su cultura, ya sea para encontrar al otro, respetando su diferencia y su credo, sin espíritu de conquista, porque "para comprender al otro no hace falta anexionarlo, sino hacerse su visitante" (Massignon), o ya sea para pensar en el ausente, rompiendo las barreras para ser testigo del universalismo del corazón de Dios. La praxis misionera consiste en practicar la sabiduría de que el Espíritu nos precede en el corazón de los que encontramos. Porque, "el Espíritu nos guía hacia el Reino donde las relaciones entre las personas se transforman a medida que aprenden a amarse, perdonarse y ponerse al servicio de los otros"(Redemptoris Missio.15).
Si la Misión es una continua fuente de vida para la Iglesia, el futuro de la actividad misionera pasa por dar a luz comunidades misioneras y testimoniales, donde la fecundidad sea algo más que eficacia, donde se comunique un espíritu de vida, en vez de transmitir productos terminados, donde se viva con menos conversiones individuales, aunque no se logre una gran expansión para tener buenas estadísticas.
Pasa también por una conversión capaz de vivir convencidos de que "la Misión encomendada a la Iglesia no es la de sembrar, sino la de cosechar el fruto de la semilla ya sembrada por la acción del Espíritu en todos los hombres" (Tetsuro Honda, ofm).
La consecuencia de esta nueva profesión de fe es una práctica nueva, la práctica del diálogo que el Sínodo de Africa lo concretiza en dialogar con las otras religiones cristianas, con los musulmanes y con las Religiones Tradicionales.Africanas. Como la Iglesia africana, nuestra Iglesia debe convertirse en un lugar de encuentro y de paz, en relación con la sociedad civil. Debe contribuir así mismo al progreso de la sociedad hacia una vida más fraterna y más justa.
Una tal visión rompe un concepto de evangelización demasiado centrada a veces en la sacramentalidad olvidando que, como dice Juan Pablo II dice en la Redemptoris Missio, "El diálogo interreligioso forma parte de la misión evangelizadora de la Iglesia"(RM 55). Realizar una evangelización en la que se imponga a todos que Cristo es el centro del mundo y de la historia, puede situarla en la marginalidad, junto a grupos de tipo fundamentalista, pero si llevamos el estilo evangélico a la vida de los que están "fuera de la Iglesia", quizá Cristo pueda convertirse para ellos en el centro.
2.2 Los caminos del diálogo, actitudes y criterios de la Iglesia con las demás religiones están guiados por un doble respeto: respeto por el hombre en su búsqueda de respuestas a las preguntas más profundas de la vida, y respeto por la acción del Espíritu en el hombre... La acción universal del Espíritu no hay que separarla tampoco de la peculiar acción que despliega en el Cuerpo de Cristo que es la Iglesia. En efecto, es siempre el Espíritu quien actúa, sea cuando vivifica a la Iglesia, sea cuando siembra y desarrolla sus dones en todos los dones y pueblos guiando a la Iglesia a descubrirlos, promoverlos y recibirlos mediante el diálogo. Toda clase de presencia del Espíritu debe ser acogida con estima y gratitud. Ese diálogo se hace concreto en el diálogo de la vida, el diálogo por la justicia y la dignidad de las personas, el diálogo teológico y el diálogo sobre la experiencia de Dios en mi vida.
3. La misión ante los fenómenos de la globalización e inmigración
3.1 El fenómeno de la globalización como una realidad que está generando unos efectos
deshumanizadores muy importantes, sobre todo en África, donde según analistas especializados, si las tendencias no cambian, en el año 2005 casi dos tercios del continente estarán sumidos en la miseria. Da la impresión de que, en la práctica, lo que se está globalizando es la desigualdad social, porque los pobres son cada vez más pobres y numerosos. Según la doctrina social de la Iglesia, la justicia conmutativa regula los intercambios y los contratos particulares, mientras que la justicia social mira el bien común. La justicia social no se opone a la conmutativa, sino que garantiza que su funcionamiento sea más justo y más amplio. Si aceptamos que las ganancias no se pueden separar de las responsabilidades sociales, no se pueden implantar unas estructuras económicas que estén al margen de la ética, de lo contrario el sistema que resulte será antihumano y salvaje. Si la globalización prescinde de los valores éticos, se estará destruyendo todo lo que pueda acercarnos a una verdadera solidaridad social.Lo curioso es que todo se globaliza, menos los valores éticos y sociales. De esta manera la globalización continua creando nuevos monopolios, nuevos privilegios mercantiles, nuevos dominios oligárquicos, pero no hace prácticamente nada para buscar soluciones a los problemas humanos y sociales que genera. Por donde vayamos, se habla mucho de los milagros de la globalización, pero apenas nada de los infiernos sociales que genera. Por eso es urgente que los actores de la globalización entablen un diálogo que incluya los problemas sociales y económicos, y permita pasar de una globalización de los mercados y las informaciones a una globalización de la solidaridad, como lo ha pedido Juan Pablo II, invitando a "crear una nueva cultura de la solidaridad y la cooperación internacionales, en la que todos asuman su responsabilidad, para llegar a un modelo de economía que esté al servicio de cada persona".
Es verdad que la globalización tiene elementos concretos y positivos que deben ser reconocidos y promovidos, pero no podemos conformarnos con que de ella surja un modelo de sociedad que cree exclusión y rechazo, tenemos que hacer frente al aumento de la pobreza en sectores marginados y en zonas geográficas que parecen no contar en la sociedad del mañana. Tenemos que hacer frente a la discriminación social, al deterioro ecológico, a las migraciones provocadas, a la perdida de identidad, al consumismo, al individualismo, de manera que los pueblos y las comunidades sean los protagonistas de sus propios proyectos económicos, sociales y políticos, de manera que "en esta búsqueda estén presentes tres grandes valores: la dignidad, la autonomía y la autoestima".
Querer asumir el compromiso solidario con nuestros hermanos y hermanas supone conocer la situación, decidir lo que se va a hacer y arriesgarse a hacerlo. En nuestra sociedad rica, la solidaridad está en la boca de todos y manifiesta su aspecto a través del voluntariado, pero incluso ahí la globalización actúa empleándola como subterfugio para dar respuestas a los problemas que ella misma crea. La solidaridad es una voz que puede ayudarnos a examinar nuestras conciencias y a preguntarnos si estamos dispuestos a acoger e integrar respetuosamente a los emigrantes que vienen de culturas y horizontes tan diferentes de los nuestros, si queremos sostener con nuestro esfuerzo las obras y empresas organizadas por los mismos empobrecidos. Preguntémonos si estamos dispuestos a pagar más impuestos para que los poderes públicos intensifiquen su esfuerzo por el desarrollo de los países esclavizados por nuestras estructuras económicas. Si estamos decididos a comprar más caros los productos importados a fin de remunerar más justamente al productor del sur. Tendríamos que ser capaces de cambiar el mundo, pasando de una sociedad global consumista a una sociedad global solidaria, porque de igual manera que hemos participado en la creación de esta sociedad injusta, educando a nuestros hijos en el despilfarro y el derroche, podemos entrar en una dinámica de austeridad, de sobriedad, de rigor, de guerra al derroche, para que haga nacer personas serviciales que no aspiran a tener más, sino a ser mejores, que aspiran a desarrollar su capacidad de servicio a los demás de una manera solidaria. Un cambio de esa calidad, nos haría pasar de una sociedad de bienestar a una sociedad fraterna.
En estas condiciones, los señores de la globalización concluyen que no hay "perdedores", sino "no-beneficiarios" del funcionamiento de un mercado libre y soberano. Por eso la globalización considera que las ayudas públicas han de dedicarse a mejorar las estructuras de mercado y no a ayudar a los pobres o perdedores, ya que estos tienen el "sagrado derecho" de salir de su estado de pobreza por sus propios medios, como si eso fuera posible. De aquí a difundir una idea pesimista del hombre, la sociedad y la historia, no hay mucho trecho, con lo que se llega a la conclusión, diariamente alimentada por los medios de comunicación, de que la mejor de las sociedades es la más competitiva, porque es donde se consigue el mayor bienestar.
El escándalo de la globalización económica es que, incluso en la hipótesis de que tuviese éxito, sus mismos defensores admiten que hay países en los que solo podrán vivir el 40, 50 ó 60% de su población, y explican su conclusión diciendo cínicamente que es mejor que viva el 40% de la población a que solo subsista el 10 o el 20%. Estos y semejantes argumentos son los que hacen decir a Jon Sobrino que en el fondo la globalización es "un insulto a los pobres" ya que solo busca "la globalización de la riqueza", aunque eso produzca una "globalización de la pobreza" en la que se encuentran 1.500 millones de personas que deben sobrevivir con un dólar diario. En el fondo, el problema estriba en saber quién es el que decide qué 40% de la población va a vivir y qué 40% va a morir; por encima de cualquier otra consideración, este es el gran reto que la globalización está lanzando a nuestras sociedades.
3.2 La emigración, una experiencia de encuentro cultural y religioso. Hace unos años el día de las migraciones se celebró con el título sugerente de "Aquí no sobra nadie", un lema que es un desafío para la comunidad cristiana que cada día se ve abocada a dar razón de su experiencia de fe. Para ilustrarlo daremos una anécdota. En la diócesis de Almería, la Delegada Diocesana de Migraciones comentaba que tras su nombramiento los sarcasmos de sus amigos y conocidos eran del tipo: "Oye, a los negros te los llevas a tu casa", "Eso de los inmigrantes es cosa tuya, a nosotros no nos metas en líos". Más allá de lo anecdótico del caso, esta reacción es el reflejo de una mentalidad bastante corriente en nuestra sociedad, sin embargo, Juan Pablo II dice que, "entre los grandes cambios del mundo contemporáneo, las migraciones han producido un fenómeno nuevo, los no cristianos llegan en gran número a los países de antigua cristiandad, creando nuevas ocasiones de comunicación e intercambios culturales, lo cual exige a la Iglesia la acogida, el diálogo, la ayuda y, en una palabra, la fraternidad" (RM.37).
El testimonio de las comunidades parroquiales, organismos de Iglesia, colegios confesionales, centros de salud y organismos caritativos, debe plantearse desde la óptica del encuentro, tanto con los que comparten nuestra fe como con los que no la comparten, que están en "nuestro suelo" por razones de migración, porque si pretendemos ser depositarios del mensaje del Evangelio, cualquier actitud, palabra o acción consciente y premeditada de discriminación racial o cultural, debe ser no sólo desautorizada, sino también combatida. Permitir, excusar o aplaudir actos racistas en la sociedad civil es grave y, según los casos, constitutivo de delito; pero si se da en las comunidades cristianas es algo doblemente grave, porque se opone al mensaje de Jesús que vino para todos los hombres, y, porque destruye las bases de la misión de la Iglesia, llamada a acoger a hombres y mujeres de toda raza, lengua, pueblo y cultura.
La encíclica Redemptoris Missio nos lo dice de otra forma: "Numerosos son los ciudadanos de países de misión y los que pertenecen a regiones no cristianas, que van a establecerse en otras naciones por motivos de trabajo, de estudio, o bien obligados por las condiciones políticas o económicas de sus lugares de origen. La presencia de estos hermanos en los países de antigua tradición cristiana es un desafío para las comunidades eclesiales, animándolas a la acogida, al diálogo, al servicio, a compartir, al testimonio y al anuncio directo"(nº 82).
Misioneros y Misioneras del Servicio Conjunto de Animación Misionera (SCAM)
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Boletín Nº123