EL MINISTERIO MISIONERO DE LOS LAICOS

1. La iniciación del cristiano y el compromiso con el Reino de Dios

1.1 La misión de Jesús

La misión cristiana arranca de la vida y el mensaje de Jesús, con su visión de una comunidad universal de hombres iguales ante su Creador y Padre, el Dios que actúa en la historia para la salvación del género humano. El Evangelio, que es a la vez el mensaje de Jesús y el mensaje sobre Jesús de los primeros cristianos, está dirigido a todos los hombres, y desde el origen está libre de limitaciones sociales, nacionales, raciales o culturales. El centro de este mensaje es que Dios nos llama a la reconciliación por medio de su Hijo Jesús, en el que se cumple la alianza de Dios con los hombres, como anuncia en la sinagoga de Nazaret: "El Espíritu de Dios está sobre mí, porque me ha ungido para dar la buena noticia a los pobres, para anunciar la libertad a los cautivos, dar la vista a los ciegos, para liberar a los oprimidos y proclamar el año de gracia del Señor"(Lc.3, 18-19). Desde el origen hasta hoy, aunque haya habido de tiempo en tiempo motivos subordinados, el motivo de la misión ha sido el seguimiento a la petición de Jesús: "Id a todo el mundo y haced discípulos de todas las naciones, bautizándolas en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándolas a observar todas las cosas que os he mandado; y sabed que yo estaré con vosotros hasta el fin del mundo"(Mt. 28,19-20)

1.2. La Iglesia bautismal y la misión de Jesús

Hay que recuperar una concepción del bautismo como un acontecimiento que prolonga la historia de la alianza de Dios con su pueblo. El bautismo no debe ser comprendido fundamentalmente en su dimensión individualista, en virtud del cual el bautizado recibe la gracia de Dios y es hecho miembro de la Iglesia. Por el bautismo, Dios nos consagra para cumplir una misión, no para pertenecer a un grupo. Debe quedar claro que el bautismo es un acto de responsabilidad, de protagonismo y de compromiso, con todas las exigencias de la alianza con Dios. El bautismo, y los otros sacramentos de la iniciación cristiana, reconciliación, eucaristía y confirmación, deben implicar procesos personales de conversión en la que, superando la visión individualista de salvación personal, se alcance la visión mas global de participación en el plan de Dios, y por tanto todo cristiano iniciado se sentirá comprometido en la misión de Cristo, se sabrá responsable de anunciar la bondad de Dios y de trabajar por establecer su Reino entre todo el género humano.

Empujados por el Espíritu, el grupo inicial de los seguidores de Jesús sale de su seguridad del cenáculo para afrontar los dramas del hombre y de la historia. Nace así la Iglesia como depositaria y continuadora de la misión de Jesús. En los orígenes, junto al ministerio misionero itinerante, como el de Pablo y Bernabé, también los cristianos seglares extendieron el evangelio en sus contactos del día a día y en sus desplazamientos; no es un fenómeno nuevo. Pero después, y durante siglos, estos cristianos han sido considerados como menores frente al clero y a los religiosos; entre las razones se podrían citar la falta de formación y un modelo de Iglesia clerical, donde no era ya el bautismo el que daba protagonismo eclesial, sino la profesión de votos o el sacramento del orden; y probablemente también habrá contribuído el hecho de que esta situación resultaría mas cómoda a todos. Pero hoy ¿qué modelo de Iglesia queremos?, ¿qué tenemos que decir como laicos?

1.3 El renacimiento del misionerismo seglar

Ya en la edad moderna, la participación de los cristianos laicos en lo que ahora llamamos misión "ad gentes" comienza en el siglo XIX en las Iglesias protestantes; un ejemplo extraordinario lo tenemos en la labor evangelizadora y humanitaria del Dr. Livingstone, más conocido entre nosotros por su faceta exploradora. El renacimiento del misionerismo seglar en la Iglesia Católica surge en la década de los años 50 del siglo XX, en la que nacen las primeras asociaciones de laicado misionero. Desde entonces, ha ido creciendo y fortaleciéndose a lo largo de los años, al tiempo que se va produciendo un cambio en la valoración del fenómeno: hoy resulta que la misión universal en el nuevo milenio sólo será posible si realmente los laicos asumen su compromiso y su responsabilidad misionera. Todos los documentos del Magisterio de esta época sobre el tema misionero vienen resaltando este hecho. En Lumen Gentium 33 se trata ya de la participación de los seglares en la misión de la Iglesia como testigos y como instrumentos vivos. Y en la actividad misionera, la aportación de los laicos es absolutamente necesaria porque sin ellos el evangelio "no puede penetrar profundamente en las conciencias, en la vida y en el trabajo del pueblo" (Ad Gentes 21). En el documento "La Misión ad gentes y la iglesia en España" publicado por la Comisión Episcopal de Misiones, se ha insistido en que la misión ad gentes no podrá ser delegada en unos pocos especialistas sino que acabará por implicar la responsabilidad de todos los miembros del Pueblo de Dios.

Pero para que existan laicos misioneros se debe recuperar en toda su fuerza la centralidad del bautismo y adecuar a ello el modelo de Iglesia: una Iglesia Pueblo de Dios, una Iglesia Comunidad de Comunidades. En la imagen de la Iglesia como Pueblo de Dios, la Iglesia es ante todo las personas que la constituyen y su misión es responsabilidad de todos los bautizados. En la consagración bautismal está el origen del deber y del derecho de esta responsabilidad. La necesidad de que todos los fieles compartan tal responsabilidad no es sólo cuestión de eficacia apostólica, sino un deber-derecho basado en la dignidad bautismal. Los laicos cristianos son la Iglesia en el mundo, y los procesos de formación de la iniciación cristiana deben iluminarse con esa visión, para que los consagrados por el bautismo se inserten responsablemente en los problemas del mundo, considerándolos desde la perspectiva de la Alianza. Esta Alianza se humaniza y se hace posible en las Bienaventuranzas. La evangelización no sería completa si no tuviera en cuenta la vida concreta personal y social del hombre; por tanto debe integrar el progreso humano, el desarrollo económico, la paz, la justicia, la lucha contra la pobreza y la opresión, el compromiso por la liberación frente a todo tipo de esclavitudes, la opción preferencial por los pobres y desfavorecidos,... (Documentos de Medellín y de Puebla, Evangelii Nuntiandi 30, Redemptoris Missio 58). Como dijo Juan Pablo ll ser misionero es ayudar al hombre a ser artífice libre de su propia promoción y salvación. No hay una "Evangelización verdadera" y "otras dimensiones de la Misión". Esta es una visión demasiado clericalista y occidentalista. La acción a favor de la justicia y la participación en la transformación del mundo es una dimensión constitutiva del anuncio del Evangelio, y de esto dan testimonio los documentos de las Iglesias del sur, así como la experiencia de los misioneros.

Hoy de nuevo los bautizados creemos que el Espíritu de Dios está sobre nosotros, porque nos ha ungido para dar la buena noticia a los pobres, para anunciar la libertad a los cautivos, dar la vista a los ciegos, para liberar a los oprimidos y proclamar el año de gracia del Señor.

2. El ejercicio de la responsabilidad misionera del cristiano seglar

2.1 El laicado misionero en la Iglesia de hoy y de aquí

El renacimiento del misionerismo seglar despega como se ha dicho anteriormente en la década de los años 50 del siglo pasado, cuando participa en el Congreso Misionero Internacional celebrado en Roma con motivo del año jubilar. Por esta época nacen en España las primeras asociaciones de laicado misionero de ámbito nacional, y nacen con una identidad cristiana y eclesial, identificándose con una Iglesia en la que la vocación misionera se consideraba patrimonio y tarea de todos los bautizados, y con el doble fin de promover la vocación misionera del seglar y de ser cauce para vivir de un modo explícito dicha vocación. Desde entonces han ido surgiendo diversas asociaciones, algunas totalmente laicales, en comunión con la Iglesia y reconocidas por ella, otras vinculadas a congregaciones religiosas o a delegaciones diocesanas de misiones.

Desde algunas congregaciones religiosas y delegaciones diocesanas de misiones, se envían laicos de uno en uno, o de equipo en equipo. También hay personas que van "por libre"; son personas que no se integran en ninguno de los anteriores grupos, pero que conocen a algún sacerdote, religioso o religiosa y se van con ellos; o los que se ponen en contacto con algun obispo de misiones y se ofrecen para trabajar con él. Esta atomización no es conveniente, ni para el laico ni para la institución que envía, ni menos para la Iglesia que recibe; porque lo que suele suceder es que se rebajan las exigencias ligadas al envío, perdiendo en calidad la misión laical. Se deben cuidar los cauces que hay en la Iglesia, y las diócesis deberían contar con las instituciones existentes a la hora de enviar a los laicos a misión. Pero hoy en día parece que interesa motivar y canalizar eclesialmente ofertas de presencia misionera al alcance de laicos no asociados, lo que revela un modelo de Iglesia clerical, un deseo de control y una falta de confianza en las asociaciones misioneras laicales, por muy reconocidas que sean y por muy vinculadas que estén a entidades eclesiales misioneras. Creemos en la bondad de cauces de Iglesia específicos y propios para misioneros seglares y nos importa la articulación que deben tener en la misión y dentro de la estructura eclesial.

La Comisión Episcopal de Misiones (CEM) publicó en 1997 el documento "Laicos Misioneros" (LM), con el deseo de que éste despertar misionero del laico fuese verdaderamente eficaz para la causa de la evangelización de todos los pueblos, y sirviese de orientación para los que se sientan llamados a esta tarea y para las personas y organismos relacionados con la pastoral de la misión "ad gentes". Ya anteriormente, en 1984, también en esta línea y animados por la CEM, se crea la Coordinadora de Asociaciones de Laicos Misioneros, como lugar de encuentro y coordinación entre las distintas asociaciones y como cauce de comunicación entre las mismas y la CEM.

2.2 De qué hablamos al hablar de laicos misioneros

La vivencia misionera no debe quedar reducida a una experiencia juvenil, sino que puede ser una forma estable de concretar la vocación laical. Asi que, para fijar ideas y saber de qué estamos hablando, diremos que el laico misionero es un bautizado llamado desde el evangelio y la fe en Jesucristo a servir en la misión ad gentes de la Iglesia; es un testigo del evangelio, parte integrante de una Iglesia local que le envía a misión, generalmente a proyectos concretos en los que se pide una colaboración técnica o bien una actividad pastoral, pero en cualquier caso va ante todo a compartir vida y fe con otro pueblo. Desde su trabajo voluntario, entendido como un compromiso serio, responsable, gratuito y por algunos años, es enviado como un verdadero agente pastoral para compartir su fe con los demás.

Dolores Golmayo Fernández


Reservados todos los derechos.
© 2004 OCASHA-CCS
Boletín Nº123