"...Pedid y recibiréis; buscad y encontraréis; llamad y os abrirán..." (Lc 11, 9)
Cuando era pequeña mi padre me enseñó a rezar por las noches antes de dormir, era una oración cortita, decía algo así: "Jesusito de mi vida, eres niño como yo, por eso te quiero tanto y te doy mi corazón...", recuerdo una cosa, no sabía ni entendía por qué rezaba, pero simplemente me gustaba.
Después en la escuela con las monjas y en catequesis me enseñaron que era importante rezar y, además, si era buena niña y me portaba bien le podía pedir cosas a Dios que me las daría como premio. Creo que fue así como mucha gente de mi generación aprendimos a rezar: un intercambio, mi buen comportamiento por un deseo y, aunque he crecido, he madurado en mi fe a través de los grupos a los que he pertenecido, no me di cuenta hasta hace poco que continuaba rezando como una niña, y fue precisamente un niño quien me enseñó a rezar de forma diferente.
Se llama Agostinho y tiene tres años, vino al hospital enfermo con tétanos. De todas las enfermedades que he visto siento que ésta es la más cruel de todas, para haceros una idea afecta al sistema nervioso y el más mínimo estímulo ya sea auditivo o táctil hace que la persona sufra terribles espasmos de todo el cuerpo, os puedo decir también que en tres años no habré visto mas de dos casos que se salvaran. La crueldad está precisamente en eso, que un simple beso, una caricia provoca un espasmo horroroso. Y yo me sentía totalmente bloqueada ante Agostinho y su madre, no podía acariciarle porque le suponía un sufrimiento horrible, si lo miraba era yo la que no podía aguantar y no sabía que hacer para ayudar en esta situación a su madre, así es que cada día al llegar al hospital lo iba a ver siempre el último, e incluso intentaba pasar el menor tiempo posible en la habitación...
Por la noche en casa no paraba de pensar en él y rezaba como muchas otras veces para que se curara, porque sentía o al menos le decía a Dios que lo necesitaba, que nos estábamos esforzando mucho con él, que él estaba luchando como nunca había visto luchar y sufrir como a nadie, volví a ser como cuando era niña un premio a cambio de todo nuestro esfuerzo, yo lo necesitaba para seguir trabajando y esta vez el deseo era la vida de un niño.
Pero llegó un momento en que recé de manera diferente, ya no le pedí nada, simplemente me sentía desesperada, ya no aguantaba más y puse todo mi sufrimiento, el de Agostinho y el de su madre en sus manos, diciendo que hiciera El lo que creyera mejor, que yo ya no podía aguantar ni lo entendía, que todo estaba en manos del Padre.
Esta historia tiene dos finales felices, el primero que Agostinho salió del hospital dos meses después caminando y el segundo que yo empecé a vivir la oración de forma diferente, no como cuando era niña, un intercambio de favores a cambio de mi buen comportamiento, empecé a ver la oración simplemente como el ponerse en manos de Dios, sin pedir nada, solo confiando, entregándole mi corazón como cuando empecé a rezar por primera vez que no entendía pero me gustaba.
Ya os decía que no he visto mas de dos niños salvarse de un tétanos y para mí que soy muy racional, científicamente hablando, ésta es una de las excepciones que confirma la regla y otra cosa que también yo tengo muy clara es que si Agostinho no hubiera aparecido en mi vida yo seguiría haciendo pactos con Dios sin confiar, sin entregarme, sin saber el verdadero significado de la frase que tantas veces decimos al rezar el Padrenuestro: "hágase tu voluntad, así en la tierra como en el cielo...".
Aquí en esta foto podéis ver a Agostinho el día que volvió a caminar por primera vez, y una vez más sólo puedo sentirme agradecida por haber aprendido un poco más y esta vez de un niño de tres años, por haber aprendido que todo es posible, volver a caminar o volver a rezar como cuando era niña.
Neus Peracaula Pueyo
(Miembro de OCASHA-CCS)
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Boletín Nº123