LAS QUE SE VAN

Hace unos días estuvimos en Quito. El camino desde la costa a la capital atraviesa toda la cordillera de los Andes. Nunca deja de sorprendernos la belleza de este país y su riqueza. Hablábamos de esto por el camino y pensábamos que la naturaleza aquí vive casi ajena al drama social que padecen miles de ecuatorianos. A la vez se nos venían a la mente los rostros de tanta gente que no vio otra salida a su futuro que el hacer la maleta con rumbo al paraíso soñado.

En los tres años que llevamos aquí hemos conocido a muchas familias que tomaron esa opción en nuestra parroquia. En los últimos años son las mujeres las que han tomado también en muchos casos la opción de salir del país en busca de oportunidades. Una ve con tristeza lo que supone esa decisión en la familia: los hijos quedan solos "encargados" con abuelos, tíos o vecinos, pues en la mayoría de los casos son madres solteras o abandonadas las que se van. También hay mujeres que van a reunirse con el compañero que ya les ha encontrado algún trabajillo. He conocido también mujeres que han perdido al marido pues éste se "ha hecho de otra mujer" en el país que lo acogió, sólo por no perder la costumbre, aunque ellos alegan la soledad.

En la escuela hubo con nosotros una maestra el año que llegamos que tuvo en el aula cuarenta alumnos de primer curso y a todos les enseñó a leer. Era una gran profesional y una excelente persona. Pero, como su sueldo era de 40 dólares mensuales, tuvo la oportunidad de irse a Italia a trabajar y abandonó la enseñanza. A sus tres hijos los dejó con su mamá pues el esposo se había ido con otra mujer y la tenía además amenazada. Ella antes de irse tuvo que hacerse atender por un neurólogo pues no podía dormir ni comer por la tensión que le provocaba esa decisión. Ahora cuida a unos ancianos y con lo que gana está pagando los estudios de sus hijos. Sé que está deseando volver a Ecuador esta próxima Navidad y quisiera poner un negocio para no tener que volver a irse pues ya pagó la deuda que adquirió y ha podido ahorrar algo.

Pero no todas las que se van tiene la misma suerte, a pesar de que casi siempre el país que las recibe no valora su formación académica o su experiencia laboral. En España conocimos algunas mujeres que fueron pensando en trabajar y al llegar al destino se vieron metidas en una compleja red de prostitución, con una deuda que pagar y con sus pasaportes retenidos por las mafias. Conocimos a una de ellas en Jaén, había ido a trabajar animada por una hermana y al llegar no supo como escapar de ese infierno. Perdió muchísimo peso en un mes y se sentía culpable, sucia y con mucho miedo de volver a casa y no ser aceptada por el marido. Gracias a Dios tuvo suerte y pudo volver a su país pronto. Estando ya aquí la volvimos a ver feliz con su esposo y sus dos niños.

La mujer aquí, como en casi todos los países empobrecidos, supone la base de la familia, de la sociedad. Ella mantiene a los hijos en la mayoría de los casos, pues el marido aunque trabaje es dueño de lo que gana y él mismo lo administra. Suele ser el que va los sábados al mercado y es el único gasto que cubre. Todo lo demás milagrosamente lo tiene que ver la mujer. Si ellas se van los hogares quedan huérfanos, rotos, vacíos y en muchos casos las familias se rompen. Estas familias suelen quedar desestructuradas y en la escuela vemos niños "abandonados", supuestamente para darles un mejor futuro y las oportunidades que sus progenitores no tuvieron. Lo duro para ellos es vivir el presente, el día a día, sin calor, sin caricias, sin cuidados.

Sabemos que las mujeres emigrantes sienten una gran nostalgia de su gente, de los sabores de la tierra, de la forma de expresar su fe, de la siesta en la hamaca. Cuando algún compatriota viaja donde ellas están, la familia les envía el queso, las humitas, el cuy, para que les acerquen un poco el país y la distancia sea más llevadera.

El choque cultural para ellas es bien fuerte y echan de menos el ritmo tranquilo del Sur, el trato cercano de la gente de aquí, las reuniones con el grupo, el baile popular,... Por eso suelen agruparse allí donde estén, las que son de un mismo lugar y a veces los domingos hacen juntas el ceviche o la parrillada estén en New Yersey o Jumilla. Y muchas de ellas encuentran a su media naranja, en la mayoría de los casos eligiendo a uno de su misma tierra pues la soledad es grande lejos del hogar, aunque éste sea de caña y cinc.

Ellas no dejan nunca de desear la vuelta, el reencuentro con los suyos, aunque ahora se sienten distintas. Muchas veces, si los hijos han crecido en el país donde trabajan, estos se sienten mal al visitar un país para ellos primitivo, sin luces de neón. Aquí dicen que algunas vienen "agrandadas", como si ya no fueran de aquí. Hasta el acento les cambia, ya no visten igual a pesar de que en el país que las acoge no cambiaron de nivel social y hacen trabajos duros y mal pagados como limpiadoras, cocineras, acompañantes de ancianos y enfermos, camareras. La mayoría adopta lo peor de la forma de vida del Norte: el consumismo, el ritmo acelerado, el individualismo y ya no son ni de aquí ni de allá. Eso es lo peor. Aunque también están las que nunca olvidan sus raíces y se plantean su salida al exterior no como una meta sino como un medio para mejorar su vida y la de los suyos en el país que las vio nacer. Pasan fuera dos, cuatro o seis años y regresan para quedarse definitivamente.

Un gran número de las que se van no son las mujeres más pobres del país, las que tienen menos recursos. Pues esas no tienen a quien pedir prestada la "plata" para el pasaje de avión o la bolsa de viaje, no tienen qué empeñar o vender para dar el salto, nadie las toma en cuenta y una no sabe cómo hacen para poder cada día preparar el caldo y el arroz para sus hijos.

Para mí todas ellas son dignas de admiración por su valor para afrontar el futuro con esperanza, por su capacidad de adaptación a los reveses que la vida les va dando, por la fuerza que ponen cada día en sus trabajos, por el ejemplo de constancia y, sobre todo, porque suelen pensar en todos antes que en ellas.

Hay una imagen que me evoca la situación de las mujeres que se van del país. Me las imagino en la Mitad del Mundo, a unos 30 Kilómetros de Quito, por donde pasa la línea del Ecuador que divide a este mundo nuestro en dos hemisferios. La típica foto para el extranjero es poner una pierna en el hemisferio Norte y la otra en el Sur. Así las veo a ellas, queriendo estar en ambas partes, con el corazón "partío".

Ana Dolores Cruz Lendinez
(Misionera seglar de OCASHA-CCS en Ecuador)


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Boletín Nº125